Del 25 al 27 de Julio vuelve una de las citas ineludibles en el verano gijonés: el mercadilloMercadillo de diseño LABshop. Desde su comienzo en 2008, este encuentro de creatividad ha ido ganando terreno y público.
Durante dos días y medio se exponen piezas realizadas por jóvenes creadores y diseñadores asturianos. Desde objetos útiles para el hogar hasta moda, pasando por joyería o tejidos reaprovechados.En esta edición destaca la amplia presencia de proyectos que buscan utilizar lo pasado con un nuevo uso y la utilización de hilos y fibras naturales, todo con el toque de lo casero, de las prendas hechas a mano. Tenemos varios ejemplos:

  • Rag Doll, donde puedes llevarte la prenda hecha o el patrón para hacerlo tú mismo en casa.
  • Mimayo, que reaprovecha ropa y tejidos antiguos para darle un nuevo uso en otros objetos.
  • Labamba Project, ropa femenina con telas naturales en talleres locales y con diseños propios.
  • Gusmi Gusmela, mantas y toallas de confección casera con tejidos originales.
  • La Niña Pobre, moda sostenible y vestuario para piezas de danza contemporánea.


Además de estas propuestas hay proyectos de accesorios y joyería (Pixelízate, Jöelle joyas) o de utensilios para la cocina en madera y con diseño propio (David Santiago).

Sin duda uno de los que más me han llamado la atención es To The Wild. Se definen como “una joven marca independiente dedicada a realizar tipis y artículos de decoración para niños aventureros y padres que aún no han dejado de serlo”. Y en su web encontramos precisamente eso: objetos para jugar, espacios creados para volver a la infancia (o para seguir en ella) y ser capaces de inventar otras formas de juego (especialmente los famosos tipis, esas construcciones que recuerdan a tiendas indias).

Un proyecto de Lole y Diana cuyas piezas nos recuerdan los años de más libertad, aquellos de nuestra infancia donde podíamos sentirnos libres y seguros debajo de una manta a modo de cabaña.

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Precisamente toda esta mezcla de ideas (un mercadillo, talleres y telas artesanales, un proyecto que nos devuelve a la infancia) me ha recordado a la dimensión crítica que tiene lo lúdico. Desde el pasado 30 de abril y hasta el 22 de septiembre se presenta en el Museo Reina Sofía la exposición “Playgrounds. Reinventar la plaza”, donde se propone analizar y reflexionar en torno al potencial político y social del juego especialmente cuando se encuentra vinculado al espacio público. Desde el tiempo libre y el ocio como lo contrapuesto al tiempo productivo o el Carnaval como ejemplo de práctica transgresora y subversiva con los modelos sociales establecidos.

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El arte ha tenido siempre una estrecha relación con la reivindicación, del tipo que fuera, pero sin embargo no ha estado muy cercano, al menos en el discurso de las exposiciones, a lo lúdico, al hacer por hacer, al juego sin una función productiva ni económica.

En Madrid, en Doctor Fourquet, la calle donde se han situado casi todas las galerías de arte (precisamente detrás del Museo Reina Sofía), se encuentra también el espacio de “Esta es una plaza”, que nace en 2008 como un proyecto de autogestión vecinal de un solar urbano abandonado. Cuenta con un huerto, talleres y zona de juegos y se realizan actividades desde conciertos, a comidas populares o talleres… Se interpela directamente al derecho a lo natural en un barrio sin espacios verdes, y para un uso vecinal. Y entre todo se encuentran las zonas de juego donde los niños acuden a pasar el rato en medio de una naturaleza que lucha por sobrevivir en el duro entorno urbano. Entre los talleres destaca el de construir casas de barro manuales a partir de 5 años, una forma de acercar a los más pequeños el pensamiento crítico sobre el lugar que habitamos y la imaginación de inventar otros mundos nuevos.

 

Se reivindica el “derecho a la pereza” y es aquí donde el juego tiene un fuerte potencial más allá de la realidad. La capacidad de imaginación, la utopía infantil, se traduce en la creación de mundos desconocidos, imposibles, pero distintos al del día a día. Esta capacidad para abstraerse es una de las cosas que nunca deberíamos perder; el paso a la edad adulta no debería suponer el romper también con la imaginación infinita.

Desde LABoral con un mercadillo, actividad aparentemente alejada de un discurso museístico concreto o de grandes exposiciones, se propone un uso distinto del museo. Y más en concreto con lo que forma parte de esta edición de verano. Creo que lo que tienen en común todas las propuestas que se presentan en LABshop es su cercanía con lo natural. Reaprovechar lo antiguo, lo que ya ha servido a su uso, talleres artesanales, telas naturales, diseños propios, pequeños proyectos para otras formas de crear. Pequeños mundos que se hacen más cercanos a todos durante tres días.

A menudo hay temas en el arte que se tratan como esferas diferenciadas pero que sin embargo tienen mucho en común: la inventiva inabarcable, la ensoñación, la abstracción, la imaginación e incluso la locura. ¿Qué distingue a unos y a otros? Pues pareciera que lo más evidente que los separa es quién hace cada cosa. Los niños son capaces de inventarse mundos, seres invisibles y fantásticos, hablar con amigos invisibles a quienes los demás no vemos, bailar en cualquier esquina de cualquier calle sin importar si les estamos viendo; son capaces de abstraerse de nuestra realidad y llegar a otra. Y creo que esta es una de las potencialidades del juego, de la inocencia, que nunca deben perderse. ¿Por qué no ponerse a bailar en cualquier momento, en cualquier lugar? ¿Y entrar a un museo a reír? ¿No son los museos, de alguna forma, espacios para la utopía? Y si no lo son del todo, si la utopía es aún una quimera, deberían ser al menos espacios que nos permitieran concebirla, imaginarla.

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Los tipis que los niños construyen para sumergirse en otros mundos tienen que ser construidos en nuestra edad adulta, al menos para no perder nunca la capacidad de abstraernos. Y los museos pueden ser un buen lugar.

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