Analizaba Laura Mulvey en su ya texto canónico sobre la mirada escópica en el cine, a través del psicoanálisis, que las representaciones fragmentadas de mujeres descomponían el todo para poder abarcarlo en partes. Convertir a las mujeres en fragmento las disolvía y las cosificaba; de ahí esa frecuencia por ver escenas donde ellas sólo son manos, pies o piernas. Estas estrategias visuales siguen vigentes en el cine y en otras creaciones artísticas en la actualidad, pero sobre el trabajo que quiero hablar justamente el fragmento suscita incomodidad, es casi violento y provoca un cuestionamiento mayor.

El proyecto La feria de las flores de la artista Núria Güell está compuesto de fotografías, vídeo y conversaciones impresas.

Recuerdo ver las fotografías por primera vez en ARCO, en el stand de la galería ADN y que, en medio de esa sobrecarga de imágenes que recibimos en la feria, estas en concreto me sobresaltaran. El punctum de Barthes de un primer vistazo.

Son fotografías de fragmentos, apenas vemos un brazo, una mano, un costado…y de fondo las reconocibles obras de Fernando Botero, el célebre artista colombiano cuyas obras se albergan en el Museo de Antioquía y donde Güell desarrolla este trabajo.

Las protagonistas de La feria de las flores son adolescentes, todas menores, que han sido explotadas sexualmente en la ciudad, en una actividad, al parecer, en pleno auge en Medellín y en el resto del país. Niñas que son explotadas sexualmente por parte de “turistas” de todas partes del mundo (entre los países, EEUU, España, Israel, Alemania y México).

Como no podía ser de otra manera, Güell se mete de lleno en el asunto y nos devuelve un trabajo tremendamente duro, al que cuesta mirar pero al que es más necesario que en ningún otro detenerse. La artista programa visitas guiadas al Museo para explicar esas obras en las que Botero frecuentemente retrataba el cuerpo femenino, muchas veces con prostitutas como modelos. Las adolescentes, encargadas de estos recorridos guiados, hablan de lo que ven, de aquello que las pinturas les dicen, pasando por el duro tamiz de su propia experiencia.

Me parece esta una cuestión muy interesante: la re-interpretación de lo que la obra dice en cada caso; de lo que Botero ha pintado, lo que todo el mundo ve, y lo que las jóvenes explican a través de sus palabras.

En el vídeo, las niñas hablan directamente a la cámara. Algunas reconocen su miedo a ser juzgadas por lo que cuentan, sobre verbalizar la dureza de su experiencia ante otras personas que son desconocidas y recibir una respuesta negativa.

Una de ellas reconoce que esta es la primera vez que visita el museo, y, sin embargo, el vídeo comienza con un pequeño resumen de lo que se llama el “Milagro de Medellín”, el auge económico, cultural y cosmopolita de la ciudad, y el gran aporte que supuso la donación de Botero de 123 obras suyas al museo y 23 esculturas a la plaza que lleva su nombre. Curioso que este cambio implique la cultura y, por supuesto al arte, y no haya sido hasta ahora cuando ha interpelado directamente a estas adolescentes, que entran al museo por primera vez de la mano del proyecto de Güell.

Lo cierto es que la posición en la que la artista presenta a cada una de estas protagonistas es también algo importante, que convierte a este trabajo en un gran trabajo. Toda esta violencia implícita en el relato mismo de la explotación sexual, no se presenta envuelto en un drama fácil. Al contrario, las adolescentes se presentan fuertes, tienen una voz propia y en varias ocasiones apelan a los derechos que tienen como mujeres, conocen la desigualdad de género en todas partes del mundo e incluso interpelan a los asistentes a una de las visitas guiadas: “Sé que esto no va de vosotros, que va de nosotras. Que cualquiera puede venir, cogernos, llevarnos a sitios oscuros y violarnos. Así que, ¿qué? ¿No somos importantes? La gente tiene que saber que nosotras también tenemos derechos”.

El tercer elemento que forma parte de este proyecto son conversaciones reales a través de Whatsapp en las que, gracias a la colaboración de activistas locales, Güell atestigua el proceso de compra-venta con conversaciones reales con prostituidores. Más violencia. Frente a las fotografías (impacto visual), el vídeo (lenguaje hablado, palabra que hiere por su contenido y por quien la cuenta), aquí se explicita el lenguaje escrito sin tapujos, tal y como es. La explotación sexual tal cual, cuando las mujeres (menores en este caso) se convierten en objetos a los que comprar por decenas y cuyo precio aumenta a menor edad y condición de virgen.

La capacidad de un buen proyecto de extrapolar de un problema concreto una reflexión de problemática mayor convierte a La feria de las flores en un trabajo redondo. Al final del vídeo, apenas los últimos 40 segundos, una de las niñas resume algo muy importante; alude a la publicidad como reflejo de las sociedades: “esos anuncios que muestran chicas provocativas… en las novelas que vemos cotidianamente… La sociedad se volvió el reflejo de la publicidad, y ¿qué nos dice la publicidad? Sexo”.

Un broche final para un trabajo duro, durísimo, que cuesta ver en su totalidad pero que recoge magistralmente la realidad más allá del caso concreto. La hipersexualización de las niñas, la sexualidad que tiene precio, rostro de mujer y además está disponible 24 horas… Un engranaje perfecto para un sistema tan violento como lo es el patriarcal. Güell, además, no deja esto de lado pero tampoco cae en ningún victimismo. Oír hablar a las niñas del vídeo es una respuesta posible a tanta violencia: la conciencia de quien nos oprime para poder liberarnos.