La semana que viene se celebra en Ponferrada un interesante curso: Land Art: arte, naturaleza y paisaje, al que acudiré como alumna. Por este motivo me parecía interesante hacer una pequeña reflexión acerca de la importancia de este tipo de creación artística sobre todo en pleno siglo XXI.
Earth Art y Land Art
Aunque de forma común solemos utilizar el término Land Art, lo cierto es que a raíz de su nacimiento en torno a finales de los años sesenta, se distinguieron ambos por ser el Earth Art una modalidad que utiliza materiales naturales como elementos en su obra, más abarcable y situándose geográficamente en América, y el Land Art, más europeo, que concibe el entorno natural como soporte más que como material.
Pero lo interesante de ambos es la nueva concepción ecológica que hay en el fondo: no es coincidencia que este interés por el uso de la naturaleza como parte de la creación artística se sitúe en los 70; es en esa década cuando nace el boom ecologista tras las primeras imágenes de la Tierra desde el espacio, la incipiente preocupación por la bomba atómica o los primeros escapes radioactivos, entre otros.
En mi opinión me atrevería a decir que también influyó decisivamente el baby boom de los 50-60 y el renovado interés que tenía el ser humano desde siempre por la naturaleza y sus beneficios, a modo de buen salvaje como decía Rousseau.
Pues bien, es en este escenario donde el arte se renueva: se abandonan los talleres para  intervenir directamente en y con la naturaleza.
Entre los artistas destacan algunos nombres como Robert Morris, Robert Smithson y su famoso Spiral Jetty (que no comentaré aquí por ser ya bastante conocido por todos), Richard Long, Christo y Jeanne-Claude o Walter de Maria, entre otros.
Sin querer extenderme demasiado sí que citaré una obra muy interesante de este último (que tiene muchísimas otras igual de interesantes, como Habitación de tierra en Nueva York) y no es otra que Campo de relámpagos.
Lighting-Field-Walter-deMaria-1.walterEsta obra de Walter de Maria se sitúa, como muchas otras suyas, en una gran zona desértica, utilizada casi como una escultura monumental, definida por los fenómenos atmosféricos. Entre 1974 y 1977, en Nuevo México, el artista instaló cuatrocientos pararrayos de más de 5 metros de altura en un lugar con frecuentes tormentas, consiguiendo así una obra en el paisaje con dos vertientes: temporal y estética. Por un lado temporal, ya que sólo es perceptible en determinados momentos (con tormenta) y por otro estética, ya que genera un continuo devenir de rayos que se mueven en la obra casi como en una sinfonía melódica.
De Maria intervino directamente en la naturaleza y creó a partir de ella y con ella una obra espectacular, capaz de poner en contacto al espectador con la propia tormenta, cual fuegos artificiales espontáneos.
Para terminar y no extenderme, quería señalar lo interesante que resultan estas propuestas artísticas enmarcardas en la naturaleza, que convierten al artista casi en un indígena primitivo, participando en y con el medio natural.
El curso que realizaré la semana que viene, que incluye actividades prácticas e interacciones con artistas españoles, indios y japoneses, me enseñará un poquito más acerca de esto.