Convertí la carbonera en mi cuarto oscuro y un gallinero acristalado que había regalado a mis hijos se convirtió ¡en mi invernadero!

Julia Margaret Cameron tenía 48 años cuando su hija y su yerno le regalaron una cámara. El presente iba acompañado por las siguientes palabras: «Quizá te divierta, madre, intentar hacer fotografías durante tu soledad en Freshwater».

La historia de esta fotógrafa, considerada hoy una pionera en el género, pasa por haber sido incomprendida en su tiempo, y la retrospectiva que le dedica la Fundación MAPFRE (Madrid) es, de alguna manera, un intento por redimir en el presente la obra de Cameron con el valor que merece.

Esta exposición itinera desde el Victoria & Albert Museum y recoge más de 100 fotografías agrupadas en distintas temáticas, como las Madonnas o los retratos. Destacan los retratos, constantes en la producción de la artista, así como el uso de esa trazo difuso en los perfiles de las figuras, que destila un halo de romanticismo del que siempre se acusó a Cameron. No fue sólo esto lo que molestaba a sus coetáneos, también la teatralidad de las escenas, que preparaba a conciencia antes del disparo. No debemos olvidar que a mediados del XIX la fotografía estaba aún buscando su lugar entre lo artístico, y la perfección visual y el documentalismo eran las posiciones dominantes.

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La exposición muestra sin tapujos pero con una gran delicadeza la calidad del trabajo de esta fotógrafa, que haciendo caso omiso a las críticas, no dejó nunca de profundizar en su particular estilo: “De no haber sido capaz de valorar la crítica en su justa medida me habría desanimado mucho. Era demasiado implacable y manifiestamente injusta como para tenerla en cuenta”.

Son protagonistas de las escenas religiosas que Cameron recrea personas cercanas a ella, de su casa, como su cocinera o ama de llaves, a las que viste de vírgenes y transforma en madonnas para los retratos. El pequeño formato es, como puede verse en las distintas salas, el favorito de Cameron, especialmente si tenemos en cuenta la complejidad de la técnica de impresión y el peso de las cámaras entonces.

Los retratos de Cameron beben del romanticismo sublime y las mujeres de las fotografías, entre las que se encuentra la madre de Virginia Woolf, posan con gestos ensayados, evocadores y llenos de matices.

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Cameron, a menudo acusada de poco talentosa, tuvo que aguantar críticas muy duras por ser una mujer fotógrafa. El machismo de la sociedad victoriana, dominada por hombres, atribuía a Cameron poca capacidad creativa al utilizar el desenfoque y lo achacaban al hecho de que fuera la que fotografiaba “una mujer”.

Sería su sobrina-nieta más de medio siglo después la que escribiría sobre las necesidades de una mujer para poder ser creadora, “una habitación propia y quinientas libras al año”.

Esta exposición, que permanecerá hasta el 15 de mayo, permite al que la visita adentrarse en el universo creativo de Cameron y disfrutar de sus fotografías desde la perspectiva del presente, donde, por fin, ha sido reconocida como la pionera que fue, avant la lettre.