Hace unas semanas la escritora, directora de escena y actriz Angélica Liddell (Figueres, 1966) presentaba en LABoral sus dos últimos proyectos artísticos: por un lado Emily, una instalación sonora basada en la tormentosa vida de la escritora Emily Dickinson, encerrada durante gran parte de su vida; y por otro, Esta breve tragedia de la carne, pieza que ha estado produciendo en el centro y que presentará en la 39 edición de La Bâtie-Festival de Ginebra.

La polifacética artista destaca por declaraciones suyas recientes en las que se declaraba contraria a trabajar con las instituciones españolas, ya que estas no habían valorado nunca su trabajo.

Entre las piezas que podemos ver en el centro, Emily presenta una instalación basada en una gran urna de metacrilato y en cuyo interior hay medio millar de abejorros; es precisamente la palabra abeja la que más se repite en los versos de Dickinson, y a través de esta metáfora sonora, Liddell le da voz de nuevo a la poetisa. Una voz que, casi como justicia poética, se ha acallado casi desde el comienzo; los abejorros han ido muriendo dentro de la urna, perpetuando el silencio al que Dickinson se vio abocada toda su vida.

Aprovechando el encuentro que Angélica Liddell ofrece con el público asturiano, preguntamos a la artista sobre el teatro, el arte y su propio trabajo.

 

Trabajas como escritora, autora, actriz, directora… ¿cómo se definiría Angélica Liddell? ¿Tiene sentido separar una función de otra?

No puedo definirme, eso lo hacen los otros, yo no soy capaz. Llevo ya muchos años trabajando de este modo, para mí no son funciones independientes, no tengo conciencia de que hago todas esas cosas, simplemente me encierro en una sala de ensayos e intento formalizar una idea con todos los elementos a mi disposición: la palabra, los colores, la interpretación, la acción…

Angélica Liddell - Urna instalacion Emily¿Es tu trabajo un “teatro de resistencia”?

Es una resistencia como la de Hölderlin en el Hiperión. Soy una terrorista de la belleza, como Hiperión, que pretende recuperar el sentido de lo sublime, lo divino, los altares de la antigua Grecia; esa es también mi batalla, pero del mismo modo que en el Hiperión, es necesaria la sangre, para acabar, finalmente, comprobando que es una guerra inútil, que la estupidez y la banalidad reinan, que estás rodeado de miserables. Al final, no te queda más remedio que refugiarte en la casa del ebanista Stainer, ya impotente y loco después de la batalla. Frente a la vida racional y calculada, la belleza siempre pierde.

¿Cuál debe ser la posición del espectador ante una obra?

La de Abraham llevando a Isaac camino del monte Moriah. La del sacrificio. Estar dispuestos a sacrificar a nuestro propio hijo. Es un encuentro con la “energía originaria” de la que hablaba William Blake. Hay que ir como primitivos dispuestos a experimentar una crisis, una epifanía frente a lo incomprensible.

En una de las piezas que presentas en LABoral tiene especial importancia el sonido, ¿es uno de los elementos a destacar en el hecho teatral? ¿Hasta qué punto el sonido es importante en una obra?

El sonido es un elemento dramático más. No hay exorcismo sin sonidos, sin música. Me gustó mucho el libro de Ernesto de Martino donde se habla del tarantismo, me di cuenta de que mis obras eran actos de tarantismo.

Con las dificultades para trabajar con instituciones españolas, ¿qué te ha impulsado a trabajar en LABoral?

Guardaba un buen recuerdo del tiempo que pasé en Gijón ensayando La Casa de la Fuerza. Aunque no se trataba de la misma institución sentí cierta nostalgia y dije que sí. A veces funciono por este tipo de impulsos sentimentales y no siempre sale bien. De hecho ya estoy deseando empezar la gira, no podría vivir en mitad del estancamiento. En septiembre estreno dos producciones y giro con otras dos obras diferentes; para eso hace falta una energía y un sentido del trabajo sin límites, sin días de fiesta y sin vacaciones. La gente no está acostumbrada a ese ritmo, a esa presión, a esa exigencia, pero para mí es fundamental, es lo que me alimenta.

¿Qué tiene de particular Emily Dickinson?

Su misticismo salvaje.

El hecho de escoger su trabajo, poco reconocido, y su trágica vida, ¿tiene algo de reivindicativo, casi político?

Nada que ver con la política, nada que ver con la reivindicación. Mi relación con Emily es una relación más allá incluso de los sentimientos, profunda como los nervios, fantasmal.

 

Puedes ver la otra entrevista que le hizo LABoral aquí:

Lee esta entrada en #LABlog, el blog de bloggers de LABoral.