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Router modificado según el proyecto de Sam Kronick
El debate poscolonial, que tuvo sus inicios en torno a los 80 con teóricos como Edward Said, Gayatri Spivak o Homi Bhabha, planteaba la necesidad de repensar la hegemonía de Europa sobre las colonias, especialmente en el pensamiento.
Desde que la teoría feminista había comenzado a deconstruir el modelo dominante por el cual todo partía del hombre blanco, de clase media y heterosexual, el pistoletazo de salida para otras vías de pensar la realidad se había dado: el posmodernismo, los estudios culturales y la teoría poscolonial eran sólo algunos de estos derivados. Si el mapa físico estaba cambiando, si las colonias estaban desapareciendo, ¿cómo no intentar romper el pensamiento prefijado y exportado de Occidente a todo el mundo? Era hora de cuestionar lo que se imponía como modelo y como tal las vías de información a través de las cuales se transmitía este pensamiento hegemónico.Desde los 80 hasta ahora la teoría crítica poscolonial ha tenido un gran desarrollo y cambio. Los propios medios de comunicación han cambiado, así que necesariamente nuestra forma de cuestionar lo que comunicamos debe cambiar. Internet es una de las herramientas más utilizadas hoy para conocer lo que ocurre en el mundo. Cada vez es más habitual seguir la marcha de una manifestación a través de las redes. Las fotos hechas con el móvil por los propios manifestantes se venden después a prensa. La información vuela, va más rápido. Siguiendo un hashtag en Twitter recibimos cientos de comentarios cada pocos segundos. La rapidez del medio y la posibilidad de que cualquiera participe en el debate son claves para comprender el cambio.

Sin embargo hay un debate constante en torno a la “libertad” real que Internet nos ofrece. ¿Realmente podemos participar más? Los casos de espionaje cada vez son más frecuentes, la información que damos de nosotros mismos cuando accedemos a una red wifi pública, o a una red social que tiene derechos sobre los contenidos y las imágenes. ¿Hay una mayor libertad en estos espacios en la red? ¿Participamos más de una forma real?

Precisamente sobre todo esto habla la pieza que Sam Kronick se encuentra produciendo en LABoral tras haber ganado la convocatoria Next Things 2014 (LABoral y Telefónica I+D). Kronick plantea en Slow Internet Café una serie de routers inalámbricos que funcionan con un firmware que intercepta y altera de manera creativa el flujo de información que los atraviesa. No sólo eso, sino que la forma de los propios routers es también modificada y diseñada para ser más atractivos en nuestro uso diario.

Del planteamiento de la pieza y sus implicaciones ya nos habló en un post anterior en LABlog Marta Lorenzo.

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Si acceder a Internet está en manos de todos, pero los medios para el acceso en manos de unos pocos, parece que esa libertad aparente se pierde. Kronick plantea escoger todo un mundo en red distinto al que estamos acostumbrados. Él mismo dice que no cree que simplemente debamos aceptar Internet tal y como nos lo proponen, sino que existe la posibilidad de otros mundos en la red.
Según Kronick hay múltiples medios: un internet feminista donde los algoritmos del ordenador borrasen todas las imágenes de hombres blancos, un internet no comercial en el que desaparece cualquier mención al precio y al comercio, un internet que permita el acceso sólo a webs alojadas en el mismo país desde donde te conectes, un internet falsificado donde todas las imágenes se sustituyen por aquella similar que aparece al lado al buscar el Google imágenes…

Las múltiples posibilidades ofrecidas son tantas como personas usando la red. Kronick plantea que quizá si se puede escoger más acertadamente aquello a lo que accedemos y aquello que nos va a llegar, según nuestro propio perfil.

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Dice Kronick que la cantidad cada vez mayor de verticalidad de los “pilares” de internet (Google, Apple, Facebook, y Amazon), así como las revelaciones sobre el espionaje en Estados Unidos y en Gran Bretaña demuestran que “Internet” está lejos de ser una red perfecta y estable. Es más bien una colección fragmentada de sistemas sujetos a la manipulación continua, la negociación y re-diseño. Los protocolos de la red no se utilizan simplemente para facilitar la comunicación sin fricción, sino intereses propios que oscurezcan algunas informaciones. Este poder se ejerce a nivel de la infraestructura: se define quién puede comunicarse con quién, y lo que viaja de un lado a otro se controla y administra con mucho cuidado. Somos objetos actuando bajo fuerzas de la infraestructura de internet con pocas oportunidades para definir el carácter y las limitaciones de la red hoy.
La misma idea de base que surgía en los 80: la necesidad de repensar aquello que nos llega aparentemente como neutral y objetivo. Sin embargo, la velocidad para transformar todo en nuestro tiempo, en la era de la información en red, implica nuevas vías de cuestionamiento, acordes a los cambios en la tecnología y la comunicación.

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme por el éxito de un proyecto así: ¿realmente podremos controlar aquello que nos llega desde la red? ¿Es un utopía lo que plantea Kronick? Quizá sea eso, una ilusión, pero al menos nos sirve para imaginar otras posibilidades, que es siempre el comienzo del cambio.


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