No es la primera vez que ocurre, ni seguro será la última. Al Museo Lázaro Galdiano (Madrid) le encanta “colar” entre su colección permanente las obras de otros artistas (como hizo con Santiago Ydáñez, comisariado por Rafael Doctor) u otras colecciones (como la audiovisual comisariada por Carles Guerra).

Pues bien, para quien ahora visite este céntrico museo se encontrará que entre las obras de los siglos XVI, XVII y XVIII las de artistas muy actuales, algunos de ellos muy jóvenes, y en cualquier caso todos españoles, que forman parte de la Colección DKV Seguros.

La exposición Rehabitar el espacio: presente, pasado y futuro está comisariada por Alicia Ventura y Amparo López y recorre las cuatro plantas del museo haciendo dialogar a los más clásicos con los más actuales.

Las comisarias han querido devolver a cada piso el uso original para el que estaba destinado, situando así en cada planta unas obras u otras.

Del piso bajo al primer piso…

En el caso del piso bajo, servía de zona de servicio y llegada de mercancías para la vivienda. Aquí vemos reinterpretaciones de los estudios o materiales de uso de los artistas, como la preciosa pieza de Guillermo Mora, de los vivos colores que identifican al artista, o la gran obra de Antonio Montalvo, justo delante, situada sobre el caballete.

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El primer piso, más público, hace que nos encontremos, a medida que caminamos, con la crítica al consumismo de Cristina Lucas en una gran caja de luz (y que se pudo ver en Es Capital, en Matadero Madrid, en 2014) justo frente a las delicadas y lánguidas friguras de las pinturas de Chechu Álava. Las separa el suelo de baldosas de Pablo Valbuena que, jugando al uso original de la estancia como sala de baile, se irá transformando a lo largo de la exposición con variaciones de las baldosas y sus cenefas (como pudimos ver en ARCO 2015).

Cristina Lucas

Cristina Lucas

Vista general con Pablo Valbuena y Cristina Lucas

Vista general con Pablo Valbuena y Cristina Lucas

En este primer piso, en la sala anexa, se celebraban los banquetes públicos, y es aquí donde “The first dinner” de Rosana Antolí se dedica precisamente a eso, el deleite de lo gastronómico.

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Una estancia pequeña, a la que es obligado colarse, es la conocida como “sala del tocador”, en cuyo suelo luce la pieza realizada ex profeso para esta exposición de Manu Blázquez (en el marco de la beca de producción de DKV Seguros, Museo Lázaro Galdiano y Casa de Velázquez). Las 100 planchas de cobre a modo de cuadrícula sobre el suelo, con una luz delicada que se cuela por las ventanas, juega de nuevo a ser espejo, a reflejar la imagen que recibe. Un tocador delicado envuelto por el dorado de las planchas.

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En la sala que funcionaba como despacho de José Lázaro el papel es el protagonista, con la imponente instalación de cartón de Misha Bies Golas, a modo de acumulación de imágenes, algunas con referencias a la historia del arte. En las vitrinas, los dibujos de Juan Zamora, potentes y delicados a la vez, y las deliciosas cartas intervenidas por Manuel Antonio Domínguez.

Misha Bies Golas

Misha Bies Golas

El acceso a la vivienda se hacía por lo que hoy se conoce como “Sala pórtico” y justo en esta zona se sitúa una gran obra de José Ramón Amondarain, una relectura de Las Hilanderas de Velázquez siguiendo la tradición pictórica española pero a través de una grisala que pareciera haberse doblado sobre sí misma y vuelta a estirar.

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Y a las estancias privadas del segundo y tercer piso.

En los pisos superiores el uso al que se destinaban las estancias era de carácter privado. Quizá por eso haya en las obras que vemos en esta planta algo más de nostálgico. Los juegos de los más pequeños se mezclan con la caja blanca de madera y luz de Ignacio Llamas, “Sombras de ausencia”, a la que parece imposible no asomarse para ver si, por casualidad, alguien sale de las puertas del interior de la caja.

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Ya lo dije en Instagram, según recorría la exposición, pero el piano simulado por Pep Fajardo es una de las piezas que obligan a pararse y deleitarse en su justa medida. Las teclas, separadas unas de otras y pendientes de un hijo que sostiene a cada una, se mueven con la más levedad sensación de movimiento, sobre una especie de ojo que mira desde el suelo. Quedarse quita a ver este movimiento mientras de fondo se escucha la melodía que ha inspirado la obra, Ogive Satie, de Erik Satie, es un lujo entre tanta agitación en la capital.

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En la habitación no podía faltar una de las artistas emergentes que mejor trabaja el tejido y su relación con nosotros, Estefanía Martín Sáenz. Sus dibujos, recubiertos de tejidos delicados, acompañan a un vestido de organza que cuelga delante de la ventana.

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En la última planta, junto a la gran vitrina que muestra una mesa puesta y lista para comenzar a comer, dos dibujos de Saelia Aparicio que ocurren en una cocina.

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La exposición, que puede visitarse hasta el 15 de enero de 2017, incluye casi cincuenta obras de 36 artistas españoles de distintas generaciones, técnicas, intereses o procedencias geográficas, pero que, en cualquier caso, encuentran en cada caso su lugar en la casa de José Lázaro.

Esta “ocupación” del espacio conecta el presente de la Colección DKV Seguros con el pasado de la Colección Lázaro Galdiano para proponer nuevas lecturas futuras.

La visita se hace obligatoria, no sólo porque tenemos margen suficiente para no perdérnosla de aquí a enero, sino por la calidad de las piezas, de cada una en su siglo y contexto, y por el buen diálogo que se establece. En medio del caos madrileño, la contaminación y el ajetreo del día a día, visitar este museo y esta exposición se convierte en un ejercicio casi terapéutico.