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Últimamente está muy presente en mi trabajo el artista francés Yves Klein (1928-1962) porque precisamente tengo que hacer un pequeño trabajo monográfico para una asignatura.
Ayer mismo pude contemplar en el museo Guggenheim de Bilbao una de sus Antropometrías, esas obras creadas por el propio Klein donde desnudaba a varias modelos, las cubría con el color que él había inventado (Internacional Klein Blue) y después, a modo de director de orquesta, las guiaba para conseguir el efecto deseado en el lienzo (normalmente las impresiones corporales de ellas sobre el soporte).
Lo cierto es que me resulta muy interesante la figura de Klein por toda la posterior relevancia que ha tenido en el trabajo de otros (Manzoni, Donald Judd, Frank Stella…) pero, sin embargo, para una gran parte del público es un personaje totalmente desconocido.
Conocemos a Duchamp pero no sabemos que fue este un gran admirador de Klein, que incluso llegó a visitarlo en París en alguna ocasión (sin olvidar la influencia de Marcel sobre Yves).
Klein era una especie de artista místico, un neodadá excéntrico que jugaba con todo aquello que significaba ser artista, que se burlaba de aquellos que decían ser artistas perturbados por la arrolladora magia de la creación artística, especialmente de los expresionistas abstractos, de los que llegó a decir: Detesto a los artistas que se vacían en sus cuadros, como ocurre tantas veces hoy en día. ¡La morbosidad! En lugar de pensar en la belleza, en el bien, en la verdad, sacan, eyaculan, escupen en su pintura toda su complejidad horrible, podrida e infecciosa, como para aligerar su lastre de remordimientos y cargárselo a los demás, a los “lectores” de sus obras.
Klein buscaba con sus obras de un azul intenso una especie de objeto neutro y místico, influido por la filosofía zen.
Abandonó el pincel por el cuerpo humano porque decía vivir atrapado por él: Había dejado el pincel hacía mucho tiempo. Era demasiado psicólogico. Había pintado con el rodillo, más anónimo, intentando crear una “distancia”- cuando menos, una distancia intelectual invariable- entre el lienzo y yo durante la ejecución. Ahora, como un milagro, el pincel volvió, pero vivo, en esta ocasión. Bajo mi dirección, la carne misma aplicaba el color sobre la superficie y con perfecta precisión. Yo podía permanecer constantemente en la distancia exacta “X” respecto de mi lienzo y, así, podía dominar mi creación de forma permanente durante toda la ejecución.

De este modo, permanecía limpio. No me ensuciaba con colores, ni siquiera la punta de mis dedos. La obra se acababa a sí misma ahí delante mío, bajo mi dirección, en colaboración absoluta con el modelo. Y yo podía saludar su nacimiento en el mundo tangible de forma digna, vestido con esmoquin.
Resulta siempre enriquecedor leerse algo de Klein o ver alguna de sus obras.
Es de esas a las que los guías no llevan a su fiel y seguidor grupo de turistas para que conozcan, pero que para cualquiera que busque algo más que un simple placer estético visual en la contemplación de una pintura, es imprescindible.
Os dejo aquí un pequeño vídeo de una de sus Antropometrías, acompañada de la melodía Sinfonía monótona, creada también por Klein y basada en una sola nota que dura lo mismo que un silencio posterior.